martes, 24 de diciembre de 2013

Pagano, por María Ward y David Rojas

“Algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terrible panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación”
Howard Phillip Lovecraft, La llamada de Cthulhu

Jason Thompson
  Coincido con algunos de los estudiosos de la psicología humana: hay algo más detrás de nuestros pensamientos inconscientes. Un residuo de temores que nos llegan desde la noche de los tiempos, cuando los primeros humanos temían a la oscuridad y a las estrellas. Temores producidos por verdades que el tiempo ha escondido bajo la tierra, en los mares y en el cielo. Verdades que ningún humano en su sano juicio quisiera enfrentar, siquiera a la luz del día.
  Yo fui un observador involuntario del horror. He aquí la explicación de mi comportamiento en estas fechas, cuando todos se aprestan a brindar y yo corro a encerrarme bajo siete llaves en mi dormitorio, a esconderme bajo la cama como un perro asustado. Lo hago sabiendo que, aunque me esconda, ella volverá. Y si bien mi terror fue sólo una visión fugaz de un tormento señalado hace mucho tiempo, me encierro y tiemblo, rogando que el momento no haya llegado aún, mientras todos los demás, benditos ignorantes de semejante futuro, hacen chocar las copas y desean un mañana mejor. Ahora escribo estas líneas sólo para advertir a los incautos: esta es mi última contribución a la humanidad antes de dedicar mi vida a emborracharme con sidra barata en un último intento de llevar mi mente al olvido.
  Era un niño cuando comenzó todo. Un niño rebelde, que consideraba las Navidades como un producto de la imaginación aglutinada de un burgués rechoncho que buscaba utilidades para sus juguetes sobreproducidos y un catolicismo menguante que trataba de ganar fieles montando escenas de pesebre. Aún así en mi casa la Navidad era una gran fiesta que se preparaba con mucha antelación. Mi madre preparaba cantidades exorbitantes de comida y mi padre comenzaba a comprar las botellas de cerveza y sidra varias semanas antes. Mi tío Carlos -que murió muy joven, en circunstancias muy extrañas, cuando en un puerto sueco le cayó sobre la cabeza un fardo de ropa- me había dicho que aquel personaje no existía y que, en realidad, los regalos no eran traídos del Polo Norte, ni manufacturados por pequeños elfos, ni arrastrados por renos; provenían de la juguetería más cercana y eran comprados con el sueldo de mi padre.
   Pero una vez agregó, en susurros, algo más; algo en lo que yo reparé varios años después, cuando ya era tarde. Ese día, tras repetir la consabida historia sobre la falsedad del espíritu navideño, me dijo en tono de confesión: “la verdadera Navidad, Juancito, era una celebración pagana, una ofrenda. Los pueblos que vivían en Europa en la antigüedad, los que antecedieron a los buenos druidas, aquellos que habían conocido la verdadera naturaleza de este mundo, se unían durante lo que ellos llamaban el mes Morsugr en fétidos pantanos para rendirle culto a una horrible criatura, dueña de la oscuridad y lo maligno. La adoraban pero también se defendían de ella, tan horribles eran sus poderes… Se dice que en lugares apartados algunos hombres siguen esa tradición, quizás para no despertarla. Pero nada de eso importa hoy, Juancito, este año los regalos los compró tu padre, igual que siempre; se gastó todo el aguinaldo y gracias a eso vas a tener tu He-Man bajo el arbolito”.
  Luego de aquella charla, me encontré pensando varios días sobre la conversación y, aunque las revelaciones del tío me hacían sentir más grande, conocedor de los secretos de los adultos, una parte de mi niñez no quería que los inventos del mercado y las religiones fueran reales. Así fue que mi madre me preguntó qué me pasaba, mientras me veía caminar cabizbajo por el patio. Primero me resistí a contarle -alguna parte de mi interior no quería que se enterara de que ya no era un niño-, pero al rato, su insistencia me ganó y le dije, con afectada voz de adulto, que ya sabía que Papá Noel eran los padres. La cara de mi madre se desfiguró en un mueca de horror. Mentira, gritó. Mentira. Me pegó un cachetazo y, desesperada, repitió una y otra vez: “no vuelvas a decir eso, nunca más, nunca más. Papá Noel existe, como que yo me llamo Marta”. Mamá se llamaba Marta.
  Pero, a pesar de su reto, ya estaba clavada en mí la espina de la duda. Y así llegó el 24 de Diciembre.
  La comida se desarrolló normalmente: salimos al patio, se sirvió matambre, vitel-toné; luego el pan dulce y maní confitado. Toda la familia riendo y hablando mal de los vecinos y familiares ausentes. Yo miré el reloj: las doce menos diez. Mi madre corría a la cocina y  buscaba copas mientras los hombres mostraban su fortaleza descorchando botellas y rompiendo nueces con las manos. Nadie me prestaba atención. Entonces se me ocurrió: me escondería detrás del sillón y de esa forma comprobaría si quién ponía los regalos era Papá Noel o sólo papá.
 Caminé haciéndome el distraído por detrás de mamá, que estaba ocupada buscando las copas y, cuando la vi encarar para el patio, corrí y me escondí detrás del sillón. Una mueca de risa me iluminaba la cara. Me imaginaba ver llegar a papá con los regalos sin saber que yo lo estaba espiando. Sin embargo, los regalos estaban allí, ya puestos debajo del pino de plástico. Quise darme vuelta para buscar con la vista a mi viejo, pero no pude porque en ese momento varios sucesos comenzaron a desarrollarse vertiginosamente. Oí a mamá gritar mi nombre a la vez que el tiempo se detenía y todas las cosas, incluido el sillón, comenzaban a perder color. Me sentí flotar, durante sólo un instante, aún escuchando la voz de mi madre, pero grave y en cámara lenta. “Juannnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn”.
  Detrás del árbol se abrió un abismo de negrura, un espacio abisal de oscuridad, un cielo sin estrellas, la sombra de la noche, un vértigo que me arrastraba hacia sí mientras, desde los bordes de esa realidad que desbordaba hacia mi comedor, comenzaron a surgir tentáculos que parecían nudos retorcidos sobre sí mismos, chorreantes de baba, refregándose unos contra otros en una danza macabra; y, detrás de los pseudópodos, una bestia, una criatura con cientos de aberturas que hacían de bocas y cientos de patas.  Los tentáculos comenzaron a hurgar entre los regalos: levantaban ora un paquete, luego otro. Los levantaba y los agitaba: algunos, con una especie de malestar, los arrojaba lejos de sí; otros los metía en una especie de saco, también babeante y maloliente. 
  A pesar de que el miedo y el asco me tenía paralizado y mi cabeza parecía dar vueltas y vueltas, traté de buscar una explicación a la cual aferrarme, un pensamiento, algo que me permitiera anclarme en mi realidad y no volverme loco. A veces dudo si  logré esto último, si estoy cuerdo o he perdido definitivamente mi cordura. En cambio, la explicación llegó: ¡me di cuenta de que lo que hacía la criatura era elegir los regalos! Aquellos regalos que se llevaba eran los que le agradaban; en cambio descartaba los que parecían no gustarle, arrojándolos al abismo. Y observé aún más. Detrás de la criatura, que parecía no tener fin, se veían millones y millones de puntos y en cada punto se veían millones y millones de salas de estar, adornadas con arbolitos: no había duda de que en ese momento, en cada hogar del mundo, los tentáculos hacían su trabajo. Miles y miles de paquetes brillantes, de bicicletas, montañas de muñecas gritando mamá al unísono caían dentro de la oscuridad.
  Y mientras mi vista abarcaba aquello que no debe ser visto por ningún humano, me percaté de que uno de los tentáculos se dirigía con ansia hacia un paquete colorado que descansaba al lado del burro del pesebre. La extremidad tomó el regalo y empezó a jalarlo hasta que el papel se desgarró y pude ver su contenido: ¡era el muñeco de He-Man articulado que le había pedido en mi cartita a Papá Noel! El muñeco no fue a parar con los demás, sino que continuó apresado entre las ventosas de aquella extremidad, mientras su dueña la hacía bailar de un lado para el otro. El regalo le había gustado. A mí también. No lo pensé, calculé automáticamente la distancia del salto y, cuando el muñeco volvió a pasar cerca mío, me impulsé hacia él y me abracé a esa masa pegajosa y hedionda que quería adueñarse de mi regalo.
  Lo que sucedió a continuación es sólo un recuerdo fragmentado: sé que escuché un grito, un chillido y que la oscuridad pareció retirarse del comedor de casa.
  Después desperté en brazos de mi madre, que me llevaba hacia mi dormitorio, seguida por los demás adultos. Allí dormí, durante días, teniendo innumerables pesadillas que no referiré por respeto a la sensibilidad de aquellos que lean estas líneas.
  Muchos años han pasado, ya soy un adulto y son casi las doce de la noche del 24 de Diciembre. Tengo el presentimiento de que en breve los tentáculos vendrán por mí.
  Y por el muñeco He-Man articulado que guardo sobre de la repisa.
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