viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidad de 1987

Felices fiestas para todos: abrazos a todos los que los merecen, perdón a todas las personas que dañé, y los mejores deseos para el próximo año.

Acá pueden leer Navidad de 1987 (está publicado en El Cuento del Día, por ahí les pide sus datos de Facebook para ingresar).

Y por si acaso, por si no tienen cuenta de Facebook o están vagos, aquí tienen el cuento:

Navidad de 1987

  Era la Navidad de 1987; yo tenía 9 años, o un poco más. Ese año, dado que mi viejo tenía que laburar toda la noche, no fuimos a la casa de la abuela y nos quedamos a pasar la Nochebuena en el Parque. Para mí era un alivio porque al ser el más chico de la familia tener que visitar a la abuela era condenarme al aburrimiento. Mis primos tenían todos como veintipico de años, y el festejo se componía de una cena sobria, después abrir regalos, mirar por la ventana los fuegos artificiales y sacar un juego de mesa y sentarse toda la familia a tirar los dados. Yo quería tirar baterías y triangulitos, pero mi mamá no me dejaba y no había ningún chico que actuara de complice.

  En cambio, cuando nos quedabamos en casa, pasadas las doce de la noche yo corría con mis regalos a la casa de mis amigos, del Rulo o Guillermo, o venían ellos a buscarme y nos poníamos a jugar y luego, a escondidas para que los grandes no nos retasen, juntabamos toda la pirotecnia que Don Vicente el kiosquero nos había vendido de contrabando y el Rulo que era el más grande, tenía once años, los encendía y rajabamos a ocultarnos para que la vecina no viera quien era el que le había tirado el petardo al perro.
  Llegaron las doce de la noche; mi vieja se puso a brindar con sus hermanas, hermanos y con mi abuela. Después, mientras los grandes salían al patio a ver los fuegos artificiales, yo me fui junto al arbolito y desenvolví mis regalos: quedé medio decepcionado porque yo quería un viríl He-Man y en cambio me encontré con un afeminado Principe Adam. Sin embargo puse una sonrisa y tomé de mi cuarto un cuadro con mi foto y un marco pintado con brillantina y papel glasé picado que habíamos hecho en clase y se lo llevé a mi mamá.
  Tras sus besos de agradecimiento y tras comer una ensalada de fruta, me disponía a salir, cuando empezaron a golpear muy fuerte la puerta de casa. Mi vieja fue a abrir: era Elsa, la mamá del Rulo. Lo llevaba de la mano y desencajada le decía algo a mi mamá. Mi mamá se volvió, le comentó algo a mi abuela, y salió. Yo quise seguirla, pero mi abuela me lo impidió.
- Comete la ensalada. -me dijo.
  Terminé la ensalada, el ambiente se había vuelto extraño, todos hacían silencio. Pregunté si pasaba algo malo, pero nadie me dijo nada y me mandaron a la cama.
  Les dí un beso a todos, me metí en mi habitación y me escapé por la ventana. Corrí a la casa de Guillermo. Había un patrullero y una ambulancia y muchos vecinos frente a la casa de mi amigo. Elsa y mi vieja abrazaban a la madre de Guillermo; el Rulo, apartado, hacía picar una pelota en medio de la calle. Mi vieja me vio venir, y en su cara le ví la intención de echarme, pero esquivé su miraba y me dirigí al Rulo.
- ¿Qué pasó?
- Se murió el papá de Guillermo.
- ¿En Navidad?
- Sí. Lo mató el vecino de enfrente. Se lo llevaron preso.
  El Rulo no sabía más, pero después me enteré lo que había sucedido. El vecino se había puesto a festejar la llegaba de la Navidad disparando su arma al aire; una de las balas se metió por la ventana de la casa de mi amigo y le voló la nuca a su padre, justo cuando el tipo descorchaba un ananá fizz.
  Por la puerta de la casa aparecieron los enfermeros, sacando en una camilla el cuerpo envuelto en una sábana manchada por todos lados de sangre. La madre de Guillermo se puso a gritar y se arrojó sobre el cadaver de su marido, mientras los vecinos hacían fuerza para apartarla. Con el Rulo nos metimos dentro de la casa, aprovechando la confusión. No veíamos a nuestro amigo, así que imaginamos que estaría dentro. Cruzamos por un pasillo a oscuras, iluminado al fondo por las luces del arbolito de la Navidad; doblamos a la derecha y ahogué un vómito frente a la mancha roja amarillenta que teñía el mantel, donde se veían fragmentos de algo que parecía carne picada. El Rulo me empujó y entramos al cuarto de nuestro amigo.
  Allí estaba él, sentado en su cama, mirando fijamente la pared, mientras disparaba una y otra vez un revolver de cebitas sin cargar.

4 comentarios:

  1. Me encantó el detalle del descorche del ananá fizz y de Guillermo disparando el revólver a cebitas. No tanto la reflexión de la última oración. Pero muy bien llevado y efectivo, como siempre.

    Que empieces el mejor de los años!

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  2. Tenés muchísima razón: hace rato que venía pensando en sacar esa reflexión final, ahora me decidí y la cercené. Lo que está dicho con una imagen -mental- no hace falta aclararlo. Economía de palabras.

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  3. Un cuento de navidad al que no estamos acostumbrados. El drama disparado en medio del festejo, la inocencia gatillando absorta una realidad tan incomprensible como lapidaria.
    Y así crecemos, aceptando lo inevitable, aceptándonos sin culpas.

    Me gustó el relato, David, tanto como el que escribiste para diciembre del 2009, el del tio Pocholo, el tio narrador.

    Que tengas un 2011 pleno, con todo lo que necesitas para estar bien.
    Cariños!
    Wallis

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  4. Ceci, mis saludos para vos, tus comentarios siempre son bienvenidos. Me gusta que te guste lo que escribo. Un abrazo grande, muchas gracias por estar ahí.

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