jueves, 16 de diciembre de 2010

Posando una mano cálida sobre su brazo

  Subí al tren en Padua, empujando, como siempre. La presión de los pasajeros que entraron detrás me tiró contra el lado contrario haciendo que casi me estrole contra una hermosa chica que descansaba la espalda contra la puerta. Para no apoyarla estiré mi brazo por encima de su hombro mientras hacía fuerza con mi cuerpo contra las personas que tenía detrás, buscando mantener lo más grande posible la distancia entre la muchacha y yo.
  El tren arrancó. De refilón, examiné a la chica: un rostro pequeño, con algunas pecas, el cabello castaño larguísimo, un vestido blanco que mostraba dos pechos duros y medianos y más abajo lo que desde mi ángulo parecían dos piernas carnosas, justo como me gustan a mí. Yo estaba con bermudas y el vaivén del tren de a ratos me tiraba contra ella. Por arriba podía mantenerme a raya, pero por debajo mis piernas se rozaban con las de ella y ella esos momentos miraba hacia el techo y yo rápidamente corría mis pies y trataba de retroceder un poco, sin dejar de sentir una hermosa sensación de frescura y de ganas de hablarle, de decirle algo bonito y no el simple perdón que susurré a la tercera vez que mis pantorrillas se tocaron con las de ella.
  Ella asintió con un gesto y siguió mirando el techo. Yo quería decirle algo, pero no me animaba. Se me ocurría que una buena era, la próxima vez que nuestros cuerpos se juntasen, pedirle perdón nuevamente y luego invitarla a tomar algún refresco a fin de compensar la incomodidad. Pero eran las 9 de la mañana, seguramente la chica iría a trabajar y no iba a bajar del tren para beber algo conmigo. Además era una excusa muy remanida, lo mismo que ponerse a comentar sobre la temperatura y que no llueve más y qué hacés viajando a esta hora y fijate que mal funcionan los trenes.
  No. Lo que yo necesitaba era un argumento único, jamás usado, algo que la sacara de lugar, que la dejara sin palabras y que no la dejara decirme que no a nada; algo que convirtiese la pesadilla del viaje en un día inolvidable en el que un flaco se había enamorado de ella a primera vista y ella se había enamorado de él cuando escuchó eso tan lindo que la puso patas para arriba. Es que la tenía tan cerca, sentía su perfume, con un dejo de sudor por debajo, su aliento fresco. Sus ojos parecían emanar un brillo tal que nunca había visto en mujer alguna; sus mejillas, levemente rosadas por el calor, tenían un halo de pelusita apenas perceptible que me daban ganas de pasar mis labios por ellas para terminar en la boca pastoza de labial.
  Pero no se me ocurría ninguna forma de empezar el contacto, solo frases tan usadas como una silla gastada, tan obvias como escribir un cuento sobre un trencito de vapor.
  Entonces, cuando la formación se detuvo en Castelar mientras se realizaba el cambio de vías, me vino la inspiración. Ahí estaba la frase, era única, original, ganadora, un trapo rojo, un matambre de Olga. Me aclaré la garganta, me incorporé, metí panza y corté unos centímetros de distancia buscando su mirada. En un movimiento rápido, lo más casual que me salió, mi brazo se resbaló y llevé mi mano hacia su brazo. Ella bajó la vista del techo, clavó sus pestañas en las mías y cuando yo separé mis labios y mis cuerdas vocales articularon la primera sílaba de la inolvidable frase, la chica se puso a llorar.
  Así, de la nada.
  Comenzaron a brotarle lágrimas, le caían despacito, ella ni sollozaba ni nada. Me miraba y lloraba. Yo no sabía que hacer. ¿La abrazaba? ¿O era que la había acosado mucho, frotando mi pierna contra la de ella? ¿Tal vez se había dado cuenta de que en dos estaciones no le saqué el ojo de encima? Aunque hacía calor; sí, esa era una buena explicación. Le había bajado la presión, probablemente no había desayunado. Ahora tenía que preguntarle si se sentía bien. Invitarla a bajar, a comer un tostado. Y tenía que hacerlo rápido, porque los demás pasajeros iban a notar que ella lloraba, en silencio pero copiosamente, y yo corría el riesgo de que alguno se hiciera el galán y la invitase primero.
  Hice acopio de valor.... Pero no me salió nada.
  El tren comenzó a moverse e ingresó en los andenes de Castelar. Me bajé y me alejé.
  Ella sigue detrás mio, llorando.

Llorona maquea, de Ana Carvallo

4 comentarios:

  1. Quería escribir un cuento sobre lo insensible que se vuelve la gente que viaja en el tren. En lugar de eso, casi casi, me sale una historia de amor. Por suerte, no soy muy meloso y encontré el rumbo a tiempo.

    El cuento tiene palabra elegida por Lorena en el día de su cumpleaños y una hermosa pintura de la española Ana Carvallo.

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  2. Así me gusta, estas historias de amor trunco que tanto tanto me gustan; es como que cuando contas historias de amor te tirás por un tobogán.
    Acá hay algo de terror, también. Esa referencia a La Llorano está bien lograda, sutíl. Más que terror, es algo mágico. Si los irlandeses disfrutan con un mundo de elfos y hadas, por qué no podemos nosotros deleitarnos con nuestro mundo espiritual?

    MORA

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  3. Me gustó el cuento, tiene un aire de estación verdadero. Me gusta la mezcla de realimos y fantasía -la fantasía la encontré en la segunda lectura.

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  4. Gracias por la lectura, chicos, está bueno recibir las devoluciones. "El viaje de Regio" está lleno de espíritus -ya lo voy a publicar, no pregunten más, che.

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Dicen los que saben...